Ana detesta llorar. Le es incómodo y tremendamente molesto, y además se necesita una razón de peso para que ella llore.
¿Cuál es el maldito problema tienen los funerales con ella? En el filo del sarcasmo se pregunta cómo es que se le ha muerto tanta gente, incluso los que no son de ella (o poniéndolo de otra forma, cómo es que siempre termina siendo la que va a poner el hombro, a ofrecer la palabra, a representar, a pagar respetos, a hacer acto de presencia… es macabro que se le haya hecho costumbre). Son muchos, cada cual con su nivel de relevancia particular, pero en este momento solo le interesan dos por una misma razón: el de Pablo Rojas y el de Emiliana Valdés, del cual viene llegando; Marcan el día en que realmente vio a Juan por primera vez y el día desde el cual no volverá a hacerlo.
Ana agradece no haberse topado con nadie en la escalera – la descompone que le pregunten estupideces obvias tipo “¿Estás llorando?”. Cierra la puerta tras de si y se da un par de minutos para que su respiración recupere una cadencia aceptable. Más tarde se le hincharán los ojos. Camino a la pieza se desentiende de sus zapatos de taco bajo, se quita los pantalones a tirones y se mete en la cama desecha. Enciende el televisor – que oportunamente Victoria arrastró hasta ahí hace dos noches - en un pobre intento de no pensar.
Juan le dijo que tenía cosas que hacer antes del entierro, así que mejor se juntaran allá. Van quince minutos de misa y ni rastro de él. Está bien, Juan se atrasa, es normal – piensa. Pero cuando bajan el cajón van tres llamadas que no ha contestado y eso ya es raro; se siente intranquila, pero debe ser algo más…
El día es luminoso. Sopla una brisa apenas fría entre los árboles y la explanada verde con puntitos grises se interrumpe apenas por uno que otro visitante solitario. No queda nadie para cuando aparece Juan. Se acerca lento con las manos en los bolsillos y cara de circunstancia. Ana apura el encuentro… y Juan la detiene con un gesto, evitando el saludo físico. Comienzan a zumbarle los oídos.
Cambia el canal cada pocos segundos sin saber qué está viendo. El nudo que tiene en la garganta es notablemente superior a las quejas de sus tripas. Si suena el teléfono (como sabe que va a pasar cuando se divulgue la “noticia”) no contestará; no quiere levantarse por nada, ni por comida, ni por el timbre, ni por nada de ninguna especie. No quiere salir de esa cama nunca más… ojala dormirse y que nadie la venga a despertar por un par de años. Tampoco quiere seguir llorando, pero le parece más fácil cruzar el océano a nado.
Trata de odiar a Fito… de culparlo de todo y sepultarlo en los siete infiernos. Todo sería más fácil si pudiera odiarlo más de lo que lo ama… DE tan solo imaginar lo que se viene en adelante le faltan fuerzas. Si, mundo: Ana, la mujer que creías indestructible está destrozada. ¿Por qué lo dejó cruzar la línea en el primer momento, si iba en contra de todas las normas que construyó para protegerse? ¿Por qué dijo “intentémoslo” si no lo quería de esa forma? ¿Por qué luego la hizo quererlo tanto? ¿Por qué dejarla tan vulnerable, cómo abandonarla así…?
“Se que no es el mejor momento y que estoy tomando esto en mis manos, pero creo que ya no da… ya no damos para más. No quiero que nos rompamos en el camino… lo intentamos, y de nuevo no resultó. Ojala estés bien… Adiós, Ana”
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jueves, 12 de agosto de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
"Tipo 4, donde siempre"
Es una mala costumbre llegar tarde a una cita, pero es peor llegar demasiado antes. Es un problema que tiene Ana cuando se pone ansiosa. El mensaje de texto decía “tipo 4” (que es entre cuatro y cuatro y media), pero ella traspasa la puerta del café a las tres con cuarenta y uno. Se ve casual; las zapatillas a medio gastar, el abrigo plomo y los jeans neutrales que se adaptan perfectamente a sus piernas, su cabello corto que cae con naturalidad. Casual, si, pero nada de eso fue casualidad. Eligió con cuidado cada prenda a usar, el lipgloss casi imperceptible, la cantidad precisa de Ese perfume… no lo pudo evitar ("cuando la ansiedad ataca”).
El café que pidió para la espera se enfría junto al manojo de servilletitas sobre las que escribe un flachazo de idea, un bólido de unas cuantas frases que, si tiene suerte con todo el tema de la inspiración, transformará en novela. Asiente para si misma, satisfecha de su captura literaria… hasta que ya no es suficiente para mantener su mente fuera de lo que la trajo a esa mesita circular con servilleteros de papel; anoche Juan le dio un beso (y con que descaro!) lleno de significado. Supone que la citaron para, o calificarlo de condoro e imaginar que nunca ocurrió, o seguir la cadena de calamidades. Lo que más le molesta es no haberlo visto venir. Cómo fue posible, siendo Fito su amigo leal, el que nunca dio muestras de interés (no que ella notara), el que honró siempre aquel pacto tácito de la línea. ¿Cómo? Si por más que le de vueltas y lo piense detenidamente…
El lápiz resbala suavemente de sus dedos y rueda por la mesita hasta chocar con el platillo del café. Dios… por todos los Dioses!! Claro que había muestras de interés! Cómo pudo ser tan estúpida?! Ella que siempre confió en sus instintos y en su capacidad de leer a la gente, cómo no había visto la obviedad en un segundo plano? Se sostiene la frente entre los dedos (golpearse la cabeza seria, al menos, indiscreto). No importa, se dice, ya está hecho. Más importante es Qué va a hacer ante esto (mierda mierda mierda). Nunca se lo ha planteado así; Juan no como amigo sino como hombre. Juan como una posibilidad. Ha pasado mucha agua bajo el puente desde que él solo era el amigo rico de Victoria…
Son las cuatro veinte y mientras Ana se tritura los sesos en silencio Juan llega al café. Se ve como siempre, aparentemente. Bajo la piel el pulso va un poco más rápido y no es solo por la carrera desde su casa hasta ahí. Se mira en el reflejo de la puerta de vidrio – si, aún se ve compuesto – y entra con paso firme hacia la mesa de Ana, la viva imagen de la tranquilidad, con sus finos dedos entrelazados bajo el mentón. Él sabe que bajo esa cara de templanza se cuece algo (si ni siquiera a tocado su café!), y eso lo pone más nervioso. Ana repara en su presencia solo cuando lo tiene enfrente. Se fija que trae chueco el cuello de la camisa y respira un poco más rápido de lo normal, o sea que venía con prisa… diablos, esto es serio.
- Buenas – dice su sonrisa cordial. Juan levanta la mano a la camarera y le pide dos capuchinos (el de Ana esta frio), y luego cruza las manos sobre la mesa, tal como hace cada vez que va a empezar algo en serio. Y Ana… Ana no sabe que hacer. Los pedidos llegan y Fito abre la boca para comenzar a hablar.
El café que pidió para la espera se enfría junto al manojo de servilletitas sobre las que escribe un flachazo de idea, un bólido de unas cuantas frases que, si tiene suerte con todo el tema de la inspiración, transformará en novela. Asiente para si misma, satisfecha de su captura literaria… hasta que ya no es suficiente para mantener su mente fuera de lo que la trajo a esa mesita circular con servilleteros de papel; anoche Juan le dio un beso (y con que descaro!) lleno de significado. Supone que la citaron para, o calificarlo de condoro e imaginar que nunca ocurrió, o seguir la cadena de calamidades. Lo que más le molesta es no haberlo visto venir. Cómo fue posible, siendo Fito su amigo leal, el que nunca dio muestras de interés (no que ella notara), el que honró siempre aquel pacto tácito de la línea. ¿Cómo? Si por más que le de vueltas y lo piense detenidamente…
El lápiz resbala suavemente de sus dedos y rueda por la mesita hasta chocar con el platillo del café. Dios… por todos los Dioses!! Claro que había muestras de interés! Cómo pudo ser tan estúpida?! Ella que siempre confió en sus instintos y en su capacidad de leer a la gente, cómo no había visto la obviedad en un segundo plano? Se sostiene la frente entre los dedos (golpearse la cabeza seria, al menos, indiscreto). No importa, se dice, ya está hecho. Más importante es Qué va a hacer ante esto (mierda mierda mierda). Nunca se lo ha planteado así; Juan no como amigo sino como hombre. Juan como una posibilidad. Ha pasado mucha agua bajo el puente desde que él solo era el amigo rico de Victoria…
Son las cuatro veinte y mientras Ana se tritura los sesos en silencio Juan llega al café. Se ve como siempre, aparentemente. Bajo la piel el pulso va un poco más rápido y no es solo por la carrera desde su casa hasta ahí. Se mira en el reflejo de la puerta de vidrio – si, aún se ve compuesto – y entra con paso firme hacia la mesa de Ana, la viva imagen de la tranquilidad, con sus finos dedos entrelazados bajo el mentón. Él sabe que bajo esa cara de templanza se cuece algo (si ni siquiera a tocado su café!), y eso lo pone más nervioso. Ana repara en su presencia solo cuando lo tiene enfrente. Se fija que trae chueco el cuello de la camisa y respira un poco más rápido de lo normal, o sea que venía con prisa… diablos, esto es serio.
- Buenas – dice su sonrisa cordial. Juan levanta la mano a la camarera y le pide dos capuchinos (el de Ana esta frio), y luego cruza las manos sobre la mesa, tal como hace cada vez que va a empezar algo en serio. Y Ana… Ana no sabe que hacer. Los pedidos llegan y Fito abre la boca para comenzar a hablar.
viernes, 2 de julio de 2010
Cuatro
Primer sábado de mayo. Son las cuatro de la mañana y tras una semana horrible de entregas y pruebas, Ana se declara sin ninguna culpa en completo estado de ebriedad: la próxima semana no tiene nada importante que hacer. Mañana no hay que levantarse temprano y gracias a una apuesta a Sergio le toca ser su esclavo (y asegurarse de que no cometa estupideces irreversibles y que llegue entera a su casa). Ana baila como si estuviera sobria; ningún paso torpe ni fuera de lugar, pura fluidez - porque si hay algo que sabe hacer por la gracia del señor, es bailar.
Hace veinte minutos que Juan la mira de lejos. No crean que es un acosador, no. La casualidad los puso en el mismo galpón, así como unas cuantas – más que menos – veces Victoria los ha puesto bajo el mismo techo. Se caen bien, de lo poco que han hablado. Es muy pronto para declararse amigos. Y Juan intenta reunir el coraje para bailar con la periodista.
Sin éxito.
Segundo miércoles de octubre. Ambos contemplan el techo de la pieza de Sergio. Es el tiempo muerto de la jornada de trabajo-estudio (distintas carreras, pero es lo de menos). Esperan que Sergio y su “amiga” de pedagogía vuelvan de comprar pan y unos cigarros que ninguno de los dos fuma. Ana piensa en su próxima entrega. Lleva invicta toda la carrera y le falta tan poco… Es una especie de tributo a Pablo Rojas; él siempre dijo que Ana saldría pronto (también predijo que estudiaría luego algo completamente diferente, pero eso ella no lo sabe). Entrecierra los ojos y se deja llevar por las profundidades de sus pensamientos. Juan le pregunta si piensa cortarse el pelo o lo dejará crecer. “No se. Tú qué piensas?”. No hay respuesta concluyente. Se limita a pasar los dedos por las puntas de su pelo es un gesto distraído. Piensa que si le molesta se lo hará saber. Juan ha visto que Ana y Sergio se mueven en ese terreno sin problemas. No es que le moleste verlos, solo le intriga.
Desde afuera se escucha el murmullo de los autos. Sergio se demora media vida en volver y a Ana no le incomoda. Total, la línea sigue definida y lejana, piensa. Aquí no hay intención de nada. Por lo menos no una que ella pueda ver.
Paréntesis:
Surge a veces la pregunta de que si Sergio y Ana se llevan tan bien, si confían tanto el uno en el otro y se complementan como un rompecabezas cómo es que no ha pasado nada entre ellos. Se cree que, a veces cuando dos personas se conocen y comprenden tanto ya no se pueden gustar. Quizás sea eso, o quizás es que ellos se conocieron para ser amigos.
Y es que no hay peligro de cruzar esa delgada línea entre “amigos” y “algo más” cuando la dichosa división no existe, pues “algo más” no va a ocurrir (sería como enamorarse de tu herman@…). Lo más cerca que estuvieron de inventar una línea imaginaria fue en tercero medio, en una fiesta en la que el par de santos recién aprendían a tomar. La cosa fue que entre la confusión del momento y la bruma del alcohol se besaron. Después se quedaron mirando durante dos canciones y media, sorprendidos de no haber sentido absolutamente nada – como besar una pared. Estuvieron riéndose hasta que les dio hipo. No les tomó mucho entender que no había más opción que la amistad y eso les sentaría de maravilla. Aún se ríen de esa anécdota secreta.
Cierra paréntesis
Tercer Domingo de Febrero. El antiguo departamento de Pablo Rojas, antes de Julián Rojas y ahora de Ana, se refresca con las ventanas abiertas y la brisa esparce el olor a pintura, mezclándolo y diluyéndolo por todas partes. En la sala, echados sobre el parquet, intentan palear el calor de las tres de la tarde. Entre risas deciden que deberían dejar las aulas y los laboratorios, pues no hay nadie mejor que ellos pintando muros. Más tarde tendrán una guerra de brochas.
Juan la mira y no logra acostumbrarse a verla sonreír. Debe tener cuidado de no dar atisbos de nada… por ahora se conforma con su sonrisa ocasional.
Han bautizado las tres habitaciones por obviedad: la pieza verde, la amarilla y la gris.
Cuarto viernes de julio. Hace un frío de mierda a esas horas de la noche. Hace quince minutos que Victoria desapareció con un argentino y del resto no se sabe. Ana y Juan salen a la terracita del pub en busca del aire fresco y helado. Él lo ha pensado mucho, ha buscado las señas y tras creerlas ahí, se ha decidido. De un segundo a otro Ana se pone nerviosa porque siente diferente a Juan, y no se da cuenta hasta que sus bocas están demasiado cerca.
Esa noche Juan rompió una regla primordial, pues hizo casi la única cosa que los buenos amigos nunca deben hacer: cruzó la línea.
Hace veinte minutos que Juan la mira de lejos. No crean que es un acosador, no. La casualidad los puso en el mismo galpón, así como unas cuantas – más que menos – veces Victoria los ha puesto bajo el mismo techo. Se caen bien, de lo poco que han hablado. Es muy pronto para declararse amigos. Y Juan intenta reunir el coraje para bailar con la periodista.
Sin éxito.
Segundo miércoles de octubre. Ambos contemplan el techo de la pieza de Sergio. Es el tiempo muerto de la jornada de trabajo-estudio (distintas carreras, pero es lo de menos). Esperan que Sergio y su “amiga” de pedagogía vuelvan de comprar pan y unos cigarros que ninguno de los dos fuma. Ana piensa en su próxima entrega. Lleva invicta toda la carrera y le falta tan poco… Es una especie de tributo a Pablo Rojas; él siempre dijo que Ana saldría pronto (también predijo que estudiaría luego algo completamente diferente, pero eso ella no lo sabe). Entrecierra los ojos y se deja llevar por las profundidades de sus pensamientos. Juan le pregunta si piensa cortarse el pelo o lo dejará crecer. “No se. Tú qué piensas?”. No hay respuesta concluyente. Se limita a pasar los dedos por las puntas de su pelo es un gesto distraído. Piensa que si le molesta se lo hará saber. Juan ha visto que Ana y Sergio se mueven en ese terreno sin problemas. No es que le moleste verlos, solo le intriga.
Desde afuera se escucha el murmullo de los autos. Sergio se demora media vida en volver y a Ana no le incomoda. Total, la línea sigue definida y lejana, piensa. Aquí no hay intención de nada. Por lo menos no una que ella pueda ver.
Paréntesis:
Surge a veces la pregunta de que si Sergio y Ana se llevan tan bien, si confían tanto el uno en el otro y se complementan como un rompecabezas cómo es que no ha pasado nada entre ellos. Se cree que, a veces cuando dos personas se conocen y comprenden tanto ya no se pueden gustar. Quizás sea eso, o quizás es que ellos se conocieron para ser amigos.
Y es que no hay peligro de cruzar esa delgada línea entre “amigos” y “algo más” cuando la dichosa división no existe, pues “algo más” no va a ocurrir (sería como enamorarse de tu herman@…). Lo más cerca que estuvieron de inventar una línea imaginaria fue en tercero medio, en una fiesta en la que el par de santos recién aprendían a tomar. La cosa fue que entre la confusión del momento y la bruma del alcohol se besaron. Después se quedaron mirando durante dos canciones y media, sorprendidos de no haber sentido absolutamente nada – como besar una pared. Estuvieron riéndose hasta que les dio hipo. No les tomó mucho entender que no había más opción que la amistad y eso les sentaría de maravilla. Aún se ríen de esa anécdota secreta.
Cierra paréntesis
Tercer Domingo de Febrero. El antiguo departamento de Pablo Rojas, antes de Julián Rojas y ahora de Ana, se refresca con las ventanas abiertas y la brisa esparce el olor a pintura, mezclándolo y diluyéndolo por todas partes. En la sala, echados sobre el parquet, intentan palear el calor de las tres de la tarde. Entre risas deciden que deberían dejar las aulas y los laboratorios, pues no hay nadie mejor que ellos pintando muros. Más tarde tendrán una guerra de brochas.
Juan la mira y no logra acostumbrarse a verla sonreír. Debe tener cuidado de no dar atisbos de nada… por ahora se conforma con su sonrisa ocasional.
Han bautizado las tres habitaciones por obviedad: la pieza verde, la amarilla y la gris.
Cuarto viernes de julio. Hace un frío de mierda a esas horas de la noche. Hace quince minutos que Victoria desapareció con un argentino y del resto no se sabe. Ana y Juan salen a la terracita del pub en busca del aire fresco y helado. Él lo ha pensado mucho, ha buscado las señas y tras creerlas ahí, se ha decidido. De un segundo a otro Ana se pone nerviosa porque siente diferente a Juan, y no se da cuenta hasta que sus bocas están demasiado cerca.
Esa noche Juan rompió una regla primordial, pues hizo casi la única cosa que los buenos amigos nunca deben hacer: cruzó la línea.
lunes, 29 de marzo de 2010
De liturgias y otros males I
Hoy no llueve. Ana tiene dieciséis años. Su pelo llega hasta los hombros y parece que alguien trató de alisarlo y peinarlo a la rápida. Pero no ella. No; Ana calculó bien la hora de salida, se arregló cuidadosamente y estuvo lista a tiempo, pero su madre insistió a última hora de que su pinta no era la más adecuada para la ocasión.
Hoy hay nubes blanquecinas en el cielo. Los pájaros cantan una primavera cada vez más cercana. En la carretera no había ni un alma y el cortejo, a pesar de todo, no tuvo tiempo de llegar tarde.
Hoy domingo Ana y Juan se toparán por casualidad en el funeral de Pablo Rojas.
La verdad es que Juan ya la ha visto antes. A la rápida, furtivamente. Él y Victoria asisten a clases de música con el mismo profesor (él violín, ella cello) en un pequeño instituto a diez minutos de la casa de las hermanas. A veces Ana la espera después de clases. Eso si, nunca conversa con nadie, así que solo ha podido mirarla de reojo cuando cruza el umbral. Siempre va de uniforme. Le pica la incertidumbre de creer que creer que ella también lo mira a escondidas.
Así mismo, es verdad que Ana nunca lo ha mirado directo a la cara en sus breves estadías en la salita de estar. Ha escuchado de él de la boca de Victoria (tal como de todo aquel que conoce su hermana). Hay una complicidad extraña en esta relación entre desconocidos: ambos esperan a que el otro tome la primera palabra, y saben que por eso mismo nunca se van a hablar. “Quizás pase algo que le obligue, o quizás no. Y eso estaría bien”, piensan cada uno a su modo.
Juan no llegó hasta el cementerio por Pablo Rojas. Para él es el aniversario de muerte de su Tata. Ocurrió que de vuelta cree ver el cabello de oro de Victoria entre la gente. Sería correcto acercarse. Después de todo, son amigos.
Hoy Ana no tiene oídos para nada ni nadie. Una pequeña porción de su cerebro se encarga del sencillo acto de responder cuando se le llama. El resto de Ana no está presente. Tampoco tiene ojos para nadie: no ve al cura, ni a las personas de terno y corbata que no reconoce. No ve a su madre ni a sus tres hermanastros – aunque siente la mano de Toño en la suya – ni a su padre, que se para lejos como el espectador ajeno que es. Ni siquiera ve a Victoria, a Sergio o a sus otras amigas del colegio que la acompañan. No, mundo. Nada de lo que puedas ofrecer importa para Ana, salvo el pulcro ataúd con flores y todo lo que él implica.
La gente se mueve, comienza a volver – a sus autos, a sus vidas – y los rezagados los imitan despacio. Toño está ahora en los brazos de su madre. Julia Rojas abraza a Paola y a Victoria, que todavía lloran. Ana no. Ya lloró a su padrastro encerrada en el baño de su casa. Lo lloró cuando entendió lo inútil de los fármacos o de cualquier médico en el planeta. Ana se mantiene firme; ya lloró lo inexorable.
Entonces levanta la mirada del suelo y cae en un par de ojos que la están mirando. Pronto será primavera y – cada uno a su manera – lamentan el hecho de que alguien tuvo que morir para que ellos pudieran verse.
Hoy hay nubes blanquecinas en el cielo. Los pájaros cantan una primavera cada vez más cercana. En la carretera no había ni un alma y el cortejo, a pesar de todo, no tuvo tiempo de llegar tarde.
Hoy domingo Ana y Juan se toparán por casualidad en el funeral de Pablo Rojas.
La verdad es que Juan ya la ha visto antes. A la rápida, furtivamente. Él y Victoria asisten a clases de música con el mismo profesor (él violín, ella cello) en un pequeño instituto a diez minutos de la casa de las hermanas. A veces Ana la espera después de clases. Eso si, nunca conversa con nadie, así que solo ha podido mirarla de reojo cuando cruza el umbral. Siempre va de uniforme. Le pica la incertidumbre de creer que creer que ella también lo mira a escondidas.
Así mismo, es verdad que Ana nunca lo ha mirado directo a la cara en sus breves estadías en la salita de estar. Ha escuchado de él de la boca de Victoria (tal como de todo aquel que conoce su hermana). Hay una complicidad extraña en esta relación entre desconocidos: ambos esperan a que el otro tome la primera palabra, y saben que por eso mismo nunca se van a hablar. “Quizás pase algo que le obligue, o quizás no. Y eso estaría bien”, piensan cada uno a su modo.
Juan no llegó hasta el cementerio por Pablo Rojas. Para él es el aniversario de muerte de su Tata. Ocurrió que de vuelta cree ver el cabello de oro de Victoria entre la gente. Sería correcto acercarse. Después de todo, son amigos.
Hoy Ana no tiene oídos para nada ni nadie. Una pequeña porción de su cerebro se encarga del sencillo acto de responder cuando se le llama. El resto de Ana no está presente. Tampoco tiene ojos para nadie: no ve al cura, ni a las personas de terno y corbata que no reconoce. No ve a su madre ni a sus tres hermanastros – aunque siente la mano de Toño en la suya – ni a su padre, que se para lejos como el espectador ajeno que es. Ni siquiera ve a Victoria, a Sergio o a sus otras amigas del colegio que la acompañan. No, mundo. Nada de lo que puedas ofrecer importa para Ana, salvo el pulcro ataúd con flores y todo lo que él implica.
La gente se mueve, comienza a volver – a sus autos, a sus vidas – y los rezagados los imitan despacio. Toño está ahora en los brazos de su madre. Julia Rojas abraza a Paola y a Victoria, que todavía lloran. Ana no. Ya lloró a su padrastro encerrada en el baño de su casa. Lo lloró cuando entendió lo inútil de los fármacos o de cualquier médico en el planeta. Ana se mantiene firme; ya lloró lo inexorable.
Entonces levanta la mirada del suelo y cae en un par de ojos que la están mirando. Pronto será primavera y – cada uno a su manera – lamentan el hecho de que alguien tuvo que morir para que ellos pudieran verse.
(Im) prudencia III
Doscientos veinte pesos en lo que va de tarde. Floja tarde (más aún si la mitad de eso lo puso él). Tampoco es su día más brillante y el violín resiente los cambios de temperatura. Se despertó con caña y aún le duele la cabeza. Necesita un cigarro…
Sin previo aviso una moneda cae en el estuche, y él ya no toca. Raro. Desde su posición en el suelo se fija en el par de zapatillas que tiene enfrente. La duela de los pies lo mira con sus ojos castaños, esperando respuesta. Hace un rato se sintió observado y ahora entiende por qué. Se le escapa una sonrisa de pura sorpresa.
-Tocando en la calle, Fito… - chasquea la lengua, su tono de desaprobación le da risa. Hace siglos que nadie le dice Fito. – ¿Qué diría el profe Amadeo, oh santo patrono de la música, si te viera así?
-Con lo ciego que debe estar ni cagando me reconoce. Ojala me deje cien pesos, que sea-
Se miran y se largan a reír. Juan (por qué “Fito” es un misterio) se levanta, se abrazan y ambos se sientan en el suelo. Victoria le ofrece un cigarro y caen en el proceso de contarse la vida.
Si Victoria es de trigo, Juan es café con leche. El pelo corto es manso y se revuelve con la corriente. Como siempre, los pantalones parecen tener años encima y la camisa se arremanga hasta los codos. De chico se rompió la nariz andando en bicicleta, aunque hay que fijarse para notarlo. No lleva barba ni bigote; eso le da el aire del estudiante desaliñado que fue antes, incluso ahora que roza los treinta.
Media hora después Victoria pone cara de frío, de “me vestí en plan de voy y vuelvo” y que la polerita sin mangas no funciona a la sombra. Le propone que vayan al departamento que comparte con una amiga y así conversan con calma.
Caminan lento en contra del gentío. Juan le cuenta que está de profesor de historia y de música en un colegio de monjas, y que un par de alumnas le coquetean con descaro. Tallas van, tallas vienen. En la puerta Victoria se da cuenta de que olvidó la llave y tendrá que tocar el timbre. Pifia. No importa, se tiene confianza; Mario ha quedado – por ahora – en el más completo olvido.
A Juan algo le incomoda, pero prefiere hacerse el loco. No todos los días se encuentra uno con… El pensamiento queda a medias, se le cae la mandíbula: la “amiga” de Victoria acaba de abrirles la puerta y pone cara de pánico al verlo al otro lado del umbral. Se da cuenta del “plan” y se siente estafado. ¿Cómo no mencionar a Ana en todo ese rato? Claro… la conversación no había terminado.
Ana sigue igual. Un poco más flaca, el pelo más corto, pero sigue cargando el peso en una pierna, se fija, y sigue teniendo esos ojos pardos en los que podría perderse si no tiene cuidado. Recupera un poco de compostura conforme ella pierde el color de las mejillas en los escasos segundos de silencio. Finalmente, Victoria avanza. Él la sigue como un autómata un par de pasos y cuando ella se disculpa y se va, se siente estúpido. Duda si saludarla o no de beso. Ella se salta la parte del saludo y lo conduce a la sala. Hablan de cualquier cosa, incómodos. Le pregunta si quiere algo. Él responde que no, pero bueno ya, un café. No tiene que recordarle que le gusta dulce, con tres de azúcar, ella aún lo recuerda. Silencio. Escucha una puerta abrirse: hay alguien más. Alguien que ocupa una pieza. ¿Tendrá pololo? (realmente va a matar a Victoria cuando la vuelva a ver). No, es Sergio. Contiene un suspiro de alivio, por que Sergio viene a su rescate.
No mira su reloj, pero sabe que es tarde y debe irse. Quiere irse. Sergio lo acompaña afuera, hasta las escaleras. Se estrechan la mano otra vez y comparten una mirada de “lo siento… ya sabes como es Victoria”. Lo sigue con la mirada hasta que él entra al departamento. “Uf”. Está tentado a dejarse caer ahí mismo, pero le da susto que su amiga lo encuentre y lo obligue a volver. Camina a paso rápido hasta el metro y lamenta nuevamente la falta de cigarros. En eso se pone a pensar.
Está conciente de que cualquier encuentro, más uno como ese, habría sido chocante para ella, pero no esperaba que tanto! Hoy estuvo catatónica, fue un zombie. Llegué en mal momento, se apuesta, no le di tiempo de buscarse otra fachada más dueña de si misma. Se siente mal por eso. Piensa en lo guapa que estaba, aún en shock, y se ríe de si mismo por pensar en eso. Ellos no se ven ni se hablan, pero Juan nunca le perdió el rastro. A veces pregunta por ella, sutilmente, a algún conocido para saber cómo está. Lee sus artículos y está atento por si publica algo más. Hace dos años la vio en el metro y la siguió de lejos hasta el cambio de línea. Después de eso se sintió una mierda.
Todo ese tiempo le dio vueltas al asunto. Lo hace ahora llegando a su casa después de sentirla ausente tanto tiempo, y se vuelve a preguntar esas seis palabras malditas.
En otra parte, acurrucada en un sillón, Ana también piensa en uno de sus calvarios de siempre. Se estruja los sesos en busca de esa respuesta que no encontrará nunca:
“¿Qué fue lo que hicimos mal?”.
Sin previo aviso una moneda cae en el estuche, y él ya no toca. Raro. Desde su posición en el suelo se fija en el par de zapatillas que tiene enfrente. La duela de los pies lo mira con sus ojos castaños, esperando respuesta. Hace un rato se sintió observado y ahora entiende por qué. Se le escapa una sonrisa de pura sorpresa.
-Tocando en la calle, Fito… - chasquea la lengua, su tono de desaprobación le da risa. Hace siglos que nadie le dice Fito. – ¿Qué diría el profe Amadeo, oh santo patrono de la música, si te viera así?
-Con lo ciego que debe estar ni cagando me reconoce. Ojala me deje cien pesos, que sea-
Se miran y se largan a reír. Juan (por qué “Fito” es un misterio) se levanta, se abrazan y ambos se sientan en el suelo. Victoria le ofrece un cigarro y caen en el proceso de contarse la vida.
Si Victoria es de trigo, Juan es café con leche. El pelo corto es manso y se revuelve con la corriente. Como siempre, los pantalones parecen tener años encima y la camisa se arremanga hasta los codos. De chico se rompió la nariz andando en bicicleta, aunque hay que fijarse para notarlo. No lleva barba ni bigote; eso le da el aire del estudiante desaliñado que fue antes, incluso ahora que roza los treinta.
Media hora después Victoria pone cara de frío, de “me vestí en plan de voy y vuelvo” y que la polerita sin mangas no funciona a la sombra. Le propone que vayan al departamento que comparte con una amiga y así conversan con calma.
Caminan lento en contra del gentío. Juan le cuenta que está de profesor de historia y de música en un colegio de monjas, y que un par de alumnas le coquetean con descaro. Tallas van, tallas vienen. En la puerta Victoria se da cuenta de que olvidó la llave y tendrá que tocar el timbre. Pifia. No importa, se tiene confianza; Mario ha quedado – por ahora – en el más completo olvido.
A Juan algo le incomoda, pero prefiere hacerse el loco. No todos los días se encuentra uno con… El pensamiento queda a medias, se le cae la mandíbula: la “amiga” de Victoria acaba de abrirles la puerta y pone cara de pánico al verlo al otro lado del umbral. Se da cuenta del “plan” y se siente estafado. ¿Cómo no mencionar a Ana en todo ese rato? Claro… la conversación no había terminado.
Ana sigue igual. Un poco más flaca, el pelo más corto, pero sigue cargando el peso en una pierna, se fija, y sigue teniendo esos ojos pardos en los que podría perderse si no tiene cuidado. Recupera un poco de compostura conforme ella pierde el color de las mejillas en los escasos segundos de silencio. Finalmente, Victoria avanza. Él la sigue como un autómata un par de pasos y cuando ella se disculpa y se va, se siente estúpido. Duda si saludarla o no de beso. Ella se salta la parte del saludo y lo conduce a la sala. Hablan de cualquier cosa, incómodos. Le pregunta si quiere algo. Él responde que no, pero bueno ya, un café. No tiene que recordarle que le gusta dulce, con tres de azúcar, ella aún lo recuerda. Silencio. Escucha una puerta abrirse: hay alguien más. Alguien que ocupa una pieza. ¿Tendrá pololo? (realmente va a matar a Victoria cuando la vuelva a ver). No, es Sergio. Contiene un suspiro de alivio, por que Sergio viene a su rescate.
No mira su reloj, pero sabe que es tarde y debe irse. Quiere irse. Sergio lo acompaña afuera, hasta las escaleras. Se estrechan la mano otra vez y comparten una mirada de “lo siento… ya sabes como es Victoria”. Lo sigue con la mirada hasta que él entra al departamento. “Uf”. Está tentado a dejarse caer ahí mismo, pero le da susto que su amiga lo encuentre y lo obligue a volver. Camina a paso rápido hasta el metro y lamenta nuevamente la falta de cigarros. En eso se pone a pensar.
Está conciente de que cualquier encuentro, más uno como ese, habría sido chocante para ella, pero no esperaba que tanto! Hoy estuvo catatónica, fue un zombie. Llegué en mal momento, se apuesta, no le di tiempo de buscarse otra fachada más dueña de si misma. Se siente mal por eso. Piensa en lo guapa que estaba, aún en shock, y se ríe de si mismo por pensar en eso. Ellos no se ven ni se hablan, pero Juan nunca le perdió el rastro. A veces pregunta por ella, sutilmente, a algún conocido para saber cómo está. Lee sus artículos y está atento por si publica algo más. Hace dos años la vio en el metro y la siguió de lejos hasta el cambio de línea. Después de eso se sintió una mierda.
Todo ese tiempo le dio vueltas al asunto. Lo hace ahora llegando a su casa después de sentirla ausente tanto tiempo, y se vuelve a preguntar esas seis palabras malditas.
En otra parte, acurrucada en un sillón, Ana también piensa en uno de sus calvarios de siempre. Se estruja los sesos en busca de esa respuesta que no encontrará nunca:
“¿Qué fue lo que hicimos mal?”.
(Im) Prudencia II
Ana se queda con la mano en la manilla, como evaluando la posibilidad de cerrar la puerta que acaba de abrir. Son las seis de la tarde con ocho minutos y cualquiera que la vea en este momento pensará que su mente está completamente en blanco (o que rompió un aneurisma). Todo lo contrario, su cerebro es un hervidero de pensamientos, imágenes y sonidos; Está odiando profundamente a su hermana, junto a su impulsividad y su falta de tacto. Siente el pánico en las rodillas y una dicha extraña en la boca del estomago (esa propia de los sueños en que se piensa “maravilloso; pero menos mal que esto NO está pasando”) que bien podrían ser nauseas. Una voz mental llena de autoridad la obliga a mantenerse ahí en una pieza (sino, habría huido).
(Las expresiones faciales de Ana son sutiles, sutilísimas, cuando la emoción no es completamente obvia. Aún con esto, en los cuatro segundos de silencio frente a la puerta habría que ser estúpido para no poder leerle la cara.)
-Pasa, pasa – por cuatro segundos Victoria parece ser absolutamente estúpida – Ana, mira a quién me encontré en el metro. Nunca lo hubiese pensado. El destino a veces es tan… - “Macabro”, piensa Ana. La rubia entra como si nada seguida de su acompañante, que primero duda y luego la sigue por inercia más que por voluntad.
-En el kiosco de siempre no quedaban diarios, así que voy a buscar plata y salgo de nuevo. Y les traigo pancito también-.
Ana ya no la escucha. Un pedacito de su cerebro entiende que ella recoge el vuelto de alguna cosa de la cocina, que cierra la puerta al irse y adivina que se sonríe satisfecha. Una estrellita en la mano para Victoria, por su maldita acción del día.
Asume que lo invita a pasar a la sala y que él la sigue. “Perdona el desorden”, “tanto tiempo”, “cómo te ha ido”… ambos entablan una conversación superficial – como sus sonrisas – llena de fórmulas de cortesía y lugares comunes. No sabe cómo, pero de repente cada uno tiene una taza en la mano y se sientan en el único sillón largo de la estancia. La ironía se le sale incluso sin abrir la boca, no lo puede evitar: ¿De qué hablan dos seres humanos que no se han comunicado entre si en casi tres años?
Se sobresalta cuando Sergio aparece. Lleva pantalones esta vez y se ve impecable, recién duchado, aunque sigue descalzo. Se acerca con una sonrisa creíble, estrecha la mano del invitado y en poco tiempo arman una conversación como la gente. Amistades comunes, trabajo, aficiones, múltiples temas desfilan por sus oídos sin entenderse. Se guardan para digerirse, pero más tarde. Horas después Ana tratará de recordar qué fue de ella todo ese rato y el borrazo será comparable al peor despertar de domingo por la tarde.
Diez para las ocho vuelve a saberse sola y su sistema se pone en marcha. Sergio acaba de despedir al invitado, entra al departamento, cierra y al verla en su cara se mezclan el alivio y la irritación. Vuelven al sillón y no dicen nada; ambos planean detalladamente cómo torturar a Victoria cuando se digne a dar la cara.
(Las expresiones faciales de Ana son sutiles, sutilísimas, cuando la emoción no es completamente obvia. Aún con esto, en los cuatro segundos de silencio frente a la puerta habría que ser estúpido para no poder leerle la cara.)
-Pasa, pasa – por cuatro segundos Victoria parece ser absolutamente estúpida – Ana, mira a quién me encontré en el metro. Nunca lo hubiese pensado. El destino a veces es tan… - “Macabro”, piensa Ana. La rubia entra como si nada seguida de su acompañante, que primero duda y luego la sigue por inercia más que por voluntad.
-En el kiosco de siempre no quedaban diarios, así que voy a buscar plata y salgo de nuevo. Y les traigo pancito también-.
Ana ya no la escucha. Un pedacito de su cerebro entiende que ella recoge el vuelto de alguna cosa de la cocina, que cierra la puerta al irse y adivina que se sonríe satisfecha. Una estrellita en la mano para Victoria, por su maldita acción del día.
Asume que lo invita a pasar a la sala y que él la sigue. “Perdona el desorden”, “tanto tiempo”, “cómo te ha ido”… ambos entablan una conversación superficial – como sus sonrisas – llena de fórmulas de cortesía y lugares comunes. No sabe cómo, pero de repente cada uno tiene una taza en la mano y se sientan en el único sillón largo de la estancia. La ironía se le sale incluso sin abrir la boca, no lo puede evitar: ¿De qué hablan dos seres humanos que no se han comunicado entre si en casi tres años?
Se sobresalta cuando Sergio aparece. Lleva pantalones esta vez y se ve impecable, recién duchado, aunque sigue descalzo. Se acerca con una sonrisa creíble, estrecha la mano del invitado y en poco tiempo arman una conversación como la gente. Amistades comunes, trabajo, aficiones, múltiples temas desfilan por sus oídos sin entenderse. Se guardan para digerirse, pero más tarde. Horas después Ana tratará de recordar qué fue de ella todo ese rato y el borrazo será comparable al peor despertar de domingo por la tarde.
Diez para las ocho vuelve a saberse sola y su sistema se pone en marcha. Sergio acaba de despedir al invitado, entra al departamento, cierra y al verla en su cara se mezclan el alivio y la irritación. Vuelven al sillón y no dicen nada; ambos planean detalladamente cómo torturar a Victoria cuando se digne a dar la cara.
lunes, 15 de marzo de 2010
(Im) Prudencia I
Ana tiene un departamento antiguo de tres dormitorios que heredo de su padrastro y vive sola la mayoría del tiempo. O al menos en teoría. De tanto en tanto le llega gente: familia, amigos, amigos de sus amigos…
Hoy se contorsiona para sacar las llaves de la mochila sin dejar caer la bolsa del almacén y las cartas – cuentas, gastos comunes y una postal de Aguas Andinas – que lleva precariamente en los brazos. Deja los sobres en el suelo, junto al teléfono y entra a la cocina. Le quita la botella de vodka a Victoria, la deja destapada en la encimera junto al resto de las cosas y de la mano la arrastra como a un zombie hacia el baño. Todo lo hace con movimientos continuos y precisos, empezando uno antes que el otro termine. Como rutina, pero no lo es; Ana suele moverse con esa seguridad amedrentadora. Victoria se deja desvestir cual muñeca de trapo. La otra la mete a la ducha cuando el agua sale tibia. Junta la puerta, por el vapor, y se va a hacer almuerzo. Entremedio saca ropa limpia de la escuálida maleta de Victoria y la deja en el pisito negro del baño. Corta el agua y la envuelve en una toalla. “vístete, que vamos a comer”.
Ana es licenciada en periodismo y técnico bioquímico; lo primero mas que nada para vengarse de su madre y lo segundo por gusto. Siente una adoración infinita hacia las letras (per se) y le dan miedo los pelícanos. Se gana la vida haciendo críticas – a bares, libros, películas – y de vez en cuando publica algo en la editorial. Los miércoles y los viernes trabaja en el laboratorio del hospital desde las 8. En su cuenta reposan los rescoldos de la herencia de su padrastro, un medico internista fallecido ya hace once años.
Victoria juega con lo que le queda de fideos, moviéndolos de un lado a otro del plato con el tenedor. Aún se siente borracha, aunque mucho menos. De a poco recupera el control, se dice. El pelo claro se junta en mechones – por la ducha – y amenazan con meterse en su plato. Ana a no ha dicho nada. No tendrá nada que decir, piensa, así es ella. Aunque quizás esta esperando: quiere que este bien sobria para no tener que retarme dos veces. Se le antoja el vodka de la cocina, pero cada vez esta más duela de si misma y le duelen las tripas. También le duele la cara de puro pensar en mirar a Ana.
Algunos de los que frecuentan en piso lo consideran una especie de refugio; para guarecerse del trabajo, del clima, del carrete (pres y afters), de una crisis o, mas abstracto, de la realidad. A Ana eso le da risa, aunque no se ria (Ana no se ríe muy seguido). Ella no es ninguna enfermera, no es psicólogo ni asistente social (y menos eso último: social). Ella escribe y lee y prepara cultivos en plaquitas de vidrio. Y aun así la gente toca a su puerta en busca de cobijo. No es que le moleste, aunque casi siempre se la vea hosca. Antes le daba curiosidad, pero hace meses que lo tiene internalizado en su sistema. Los que llegan se someten a sus mínimas pero estrictas normas de convivencia, y el que no, ya sabe donde esta la puerta. No es difícil. Ella lo hace directo, serio, silencios. Simple. Como Ana.
El día anterior Victoria llego a eso de las siete y media e la tarde. Su ahora Ex la había dado de baja – por otra, dice ella – en un confuso revuelo de justificaciones y recriminaciones. La humillo. El golpe la pillo desprevenida entre un “cambio” de trabajo y la regla. Lloro, grito, destripo a insultos al pobre diablo, se comió un litro de helado de pistacho, lloro otra vez y se curo con vodka naranja. A las tres de la mañana vomito la vida en la tasa del baño mientras Ana le sostenía la cabeza y le limpiaba la boca con confort. En general, Ana sabe – intuye – lo que necesita cada uno cuando se le hunde el barco (ella no solo LEE libros ni ESCUCHA música (es melómana); es una teoría del por qué le llegan esos pajaritos dejados de la mano de Dios).
Ahora se acurruca junto al ventanal para aprovechar la luz. Toma el primer libro que pilla de entre los cientos que hay apilados aquí y allá en todo el departamento. En el equipo suena la cuarta, la pastoral. Victoria se acerca y la observa hasta que le devuelven una mirada neutra.
Victoria nació de trigo, mientras que su hermana menor es una castaña cruda. Ahora esta flaca, tal vez demasiado, después de años de esfuerzo. Ella no tiene tanta voluntad, pero si un mejor metabolismo. Su único titulo es el de secretaria. “Yo hablo fuerte y harto, por las dos. A ti te toco ser la inteligente. Con lo tuyo a mi me basta”, había dicho una vez. Ahora la mira y repite el pensamiento, con otras palabras, y la genética le parece injusta.
-Mírame – dice Ana – Te llamas Victoria Valdés del Carmen, eres mi hermana y estas en mi cas por que ayer terminaste con Mario. Eres alérgica a la penicilina y al pasto. En dos meses cumples 30 y el próximo martes tienes hora al ginecólogo a las 10. –
Victoria se toma su tiempo para degustar la realidad. Aun le duele, pero es necesario. Son cosas importantes, piensa, cosas que se me pueden pasar con la caña. Ana lo sabe. La vuelta al mundo podrá ser cruda, pero es efectiva y absolutamente necesaria. (Nuevamente) como Ana.
Cambia el peso del cuerpo hacia el muro. Espera un sermón que ruega no llegue nunca. Ella había jurado ley seca; llevaba sobria tanto tiempo…
- Si quieres dormir anda a la pieza verde, que Sergio esta en la amarilla y no hay que molestarlo. Te voy a despertar a las cinco para que compres el diario y te buscamos pega. –
Dicho esto vuelve la cara junto con toda su atención hacia el libro que sostienen sus piernas cruzadas. Victoria repite el plan en su mente. Si, eso hará. Se va camino a la pieza verde dejando atrás la pregunta de qué haría sin su hermana.
El “clic” de la puerta al cerrarse es sutil, aunque innecesario para saberse – por fin- sola en la sala. Ana deja el libro a un lado y se limita a mirar por la ventana. Tiene otra vez esa especie de absceso emocional. Se pregunta por qué no puede ser como la gente normal, como Victoria, cuando se siente así. No se, poner caras, quejarse, llorar, invadir casas ajenas, emborracharse… el tipo de cosas que hace todo el mundo cuando se va a la mierda. Ella no; eso le da el magnifico aspecto de un mármol incorruptible e infatigable. Pero bien sabe que esos superhumanos no existen y Ana sigue siendo solo humana. A veces le gustaría cambiarse de especie, y de género… no, solo de especie. A una menos pensante. La mente es su mayor atributo y la cuna de la mitad, sino más, de sus males. Un TEC, se dice… mejor no. dicen que incluso en coma la gente puede llegar a pensar.
A las tres y cuarto otro “clic” interrumpe la quietud. Sergio va descalzo, igual que ella, pero en vez de shorts y sudadera lleva una camisa color crema y boxers a rayas. Se sienta a su lado y apoya la cabeza en su hombro de canela, como si fuese a dormir mejor ahí que sobre un colchón. Tiene cara de jaqueca. Ana mete los dedos entre sus rizos oscuros y le acaricia el casco. Ahí no hay romanticismo. Para ella, Sergio pertenece a ese grupo de personas con los que no puede pasar nada, y sabiendo eso cada uno se pueden dar el lujo de la piel libre. Él está acostumbrado. La conoce hace trece años y hace varios menos que es su editor.
Ana siempre quiso tener un gato, pero le dan alergia.
- Mario? – La pregunta es retórica – parece que un hombre es lo ultimo que necesita en su vida.
- Lo que una persona quiere y lo que necesita es difícil de saber y casi nunca es lo mismo –
No dicen nada más. Al rato Sergio prepara té para ambos y le habla de una nueva editorial para sacar los cuentos que ha estado escribiendo. Ella responde que hace casi dos semanas que no puede tocar una pluma.
- Quizás podrías irte un tiempo a la casona de Doña Olga, a Paine. Pides unos días, te relajas y escribes. –
No hay respuesta. Migrar… no, no todavía. Sus mejores textos los hizo en un hoyo, cuando mataba por tirarse a la línea del tren. Hoy solo tiene un humor de perros (no mas que siempre, eso si). En Paine se relajaría y luego le vendría la rabia de nada y no podría escribir ni la fecha. No, mala idea migrar. Sergio debería saberlo. Le irrita que si quiera se lo plantee y le irrita más molestarse por eso. No es su culpa.
Diez para las cinco va a la pieza verde con una taza de manzanilla. Victoria ya esta lucida y tranquila – no todo lo tranquila que podría estar, solo lo suficiente. Cuando llega al kiosco compra el diario y Lucky Light (“si ya los voy a dejar”). Se queda mirando al violinista de la salida del metro. Lo reconoce y siente el impulso de hacerle un favor – según ella – a su hermana. Aunque se va a enojar si lo lleva sin permiso… Y qué tanto! Es que no se da cuenta?! – se le sale en voz alta. Sopesa las consecuencias de lo que esta a punto de hacer, si vale la pena o no, en los treinta segundos que tiene antes que el violinista se de cuenta de que lo miran fijo. Esta decidida. No quiere pensar en si la mueven las ansias de devolver la ayuda o algo mas egoísta. Ahora mismo, la verdad, tampoco le importa. Se encamina firme con la compra bajo el brazo y una moneda en la mano hacia la entrada del metro. “Ya me lo va a agradecer…”
Si la prudencia es un don, no es el de Victoria.
Hoy se contorsiona para sacar las llaves de la mochila sin dejar caer la bolsa del almacén y las cartas – cuentas, gastos comunes y una postal de Aguas Andinas – que lleva precariamente en los brazos. Deja los sobres en el suelo, junto al teléfono y entra a la cocina. Le quita la botella de vodka a Victoria, la deja destapada en la encimera junto al resto de las cosas y de la mano la arrastra como a un zombie hacia el baño. Todo lo hace con movimientos continuos y precisos, empezando uno antes que el otro termine. Como rutina, pero no lo es; Ana suele moverse con esa seguridad amedrentadora. Victoria se deja desvestir cual muñeca de trapo. La otra la mete a la ducha cuando el agua sale tibia. Junta la puerta, por el vapor, y se va a hacer almuerzo. Entremedio saca ropa limpia de la escuálida maleta de Victoria y la deja en el pisito negro del baño. Corta el agua y la envuelve en una toalla. “vístete, que vamos a comer”.
Ana es licenciada en periodismo y técnico bioquímico; lo primero mas que nada para vengarse de su madre y lo segundo por gusto. Siente una adoración infinita hacia las letras (per se) y le dan miedo los pelícanos. Se gana la vida haciendo críticas – a bares, libros, películas – y de vez en cuando publica algo en la editorial. Los miércoles y los viernes trabaja en el laboratorio del hospital desde las 8. En su cuenta reposan los rescoldos de la herencia de su padrastro, un medico internista fallecido ya hace once años.
Victoria juega con lo que le queda de fideos, moviéndolos de un lado a otro del plato con el tenedor. Aún se siente borracha, aunque mucho menos. De a poco recupera el control, se dice. El pelo claro se junta en mechones – por la ducha – y amenazan con meterse en su plato. Ana a no ha dicho nada. No tendrá nada que decir, piensa, así es ella. Aunque quizás esta esperando: quiere que este bien sobria para no tener que retarme dos veces. Se le antoja el vodka de la cocina, pero cada vez esta más duela de si misma y le duelen las tripas. También le duele la cara de puro pensar en mirar a Ana.
Algunos de los que frecuentan en piso lo consideran una especie de refugio; para guarecerse del trabajo, del clima, del carrete (pres y afters), de una crisis o, mas abstracto, de la realidad. A Ana eso le da risa, aunque no se ria (Ana no se ríe muy seguido). Ella no es ninguna enfermera, no es psicólogo ni asistente social (y menos eso último: social). Ella escribe y lee y prepara cultivos en plaquitas de vidrio. Y aun así la gente toca a su puerta en busca de cobijo. No es que le moleste, aunque casi siempre se la vea hosca. Antes le daba curiosidad, pero hace meses que lo tiene internalizado en su sistema. Los que llegan se someten a sus mínimas pero estrictas normas de convivencia, y el que no, ya sabe donde esta la puerta. No es difícil. Ella lo hace directo, serio, silencios. Simple. Como Ana.
El día anterior Victoria llego a eso de las siete y media e la tarde. Su ahora Ex la había dado de baja – por otra, dice ella – en un confuso revuelo de justificaciones y recriminaciones. La humillo. El golpe la pillo desprevenida entre un “cambio” de trabajo y la regla. Lloro, grito, destripo a insultos al pobre diablo, se comió un litro de helado de pistacho, lloro otra vez y se curo con vodka naranja. A las tres de la mañana vomito la vida en la tasa del baño mientras Ana le sostenía la cabeza y le limpiaba la boca con confort. En general, Ana sabe – intuye – lo que necesita cada uno cuando se le hunde el barco (ella no solo LEE libros ni ESCUCHA música (es melómana); es una teoría del por qué le llegan esos pajaritos dejados de la mano de Dios).
Ahora se acurruca junto al ventanal para aprovechar la luz. Toma el primer libro que pilla de entre los cientos que hay apilados aquí y allá en todo el departamento. En el equipo suena la cuarta, la pastoral. Victoria se acerca y la observa hasta que le devuelven una mirada neutra.
Victoria nació de trigo, mientras que su hermana menor es una castaña cruda. Ahora esta flaca, tal vez demasiado, después de años de esfuerzo. Ella no tiene tanta voluntad, pero si un mejor metabolismo. Su único titulo es el de secretaria. “Yo hablo fuerte y harto, por las dos. A ti te toco ser la inteligente. Con lo tuyo a mi me basta”, había dicho una vez. Ahora la mira y repite el pensamiento, con otras palabras, y la genética le parece injusta.
-Mírame – dice Ana – Te llamas Victoria Valdés del Carmen, eres mi hermana y estas en mi cas por que ayer terminaste con Mario. Eres alérgica a la penicilina y al pasto. En dos meses cumples 30 y el próximo martes tienes hora al ginecólogo a las 10. –
Victoria se toma su tiempo para degustar la realidad. Aun le duele, pero es necesario. Son cosas importantes, piensa, cosas que se me pueden pasar con la caña. Ana lo sabe. La vuelta al mundo podrá ser cruda, pero es efectiva y absolutamente necesaria. (Nuevamente) como Ana.
Cambia el peso del cuerpo hacia el muro. Espera un sermón que ruega no llegue nunca. Ella había jurado ley seca; llevaba sobria tanto tiempo…
- Si quieres dormir anda a la pieza verde, que Sergio esta en la amarilla y no hay que molestarlo. Te voy a despertar a las cinco para que compres el diario y te buscamos pega. –
Dicho esto vuelve la cara junto con toda su atención hacia el libro que sostienen sus piernas cruzadas. Victoria repite el plan en su mente. Si, eso hará. Se va camino a la pieza verde dejando atrás la pregunta de qué haría sin su hermana.
El “clic” de la puerta al cerrarse es sutil, aunque innecesario para saberse – por fin- sola en la sala. Ana deja el libro a un lado y se limita a mirar por la ventana. Tiene otra vez esa especie de absceso emocional. Se pregunta por qué no puede ser como la gente normal, como Victoria, cuando se siente así. No se, poner caras, quejarse, llorar, invadir casas ajenas, emborracharse… el tipo de cosas que hace todo el mundo cuando se va a la mierda. Ella no; eso le da el magnifico aspecto de un mármol incorruptible e infatigable. Pero bien sabe que esos superhumanos no existen y Ana sigue siendo solo humana. A veces le gustaría cambiarse de especie, y de género… no, solo de especie. A una menos pensante. La mente es su mayor atributo y la cuna de la mitad, sino más, de sus males. Un TEC, se dice… mejor no. dicen que incluso en coma la gente puede llegar a pensar.
A las tres y cuarto otro “clic” interrumpe la quietud. Sergio va descalzo, igual que ella, pero en vez de shorts y sudadera lleva una camisa color crema y boxers a rayas. Se sienta a su lado y apoya la cabeza en su hombro de canela, como si fuese a dormir mejor ahí que sobre un colchón. Tiene cara de jaqueca. Ana mete los dedos entre sus rizos oscuros y le acaricia el casco. Ahí no hay romanticismo. Para ella, Sergio pertenece a ese grupo de personas con los que no puede pasar nada, y sabiendo eso cada uno se pueden dar el lujo de la piel libre. Él está acostumbrado. La conoce hace trece años y hace varios menos que es su editor.
Ana siempre quiso tener un gato, pero le dan alergia.
- Mario? – La pregunta es retórica – parece que un hombre es lo ultimo que necesita en su vida.
- Lo que una persona quiere y lo que necesita es difícil de saber y casi nunca es lo mismo –
No dicen nada más. Al rato Sergio prepara té para ambos y le habla de una nueva editorial para sacar los cuentos que ha estado escribiendo. Ella responde que hace casi dos semanas que no puede tocar una pluma.
- Quizás podrías irte un tiempo a la casona de Doña Olga, a Paine. Pides unos días, te relajas y escribes. –
No hay respuesta. Migrar… no, no todavía. Sus mejores textos los hizo en un hoyo, cuando mataba por tirarse a la línea del tren. Hoy solo tiene un humor de perros (no mas que siempre, eso si). En Paine se relajaría y luego le vendría la rabia de nada y no podría escribir ni la fecha. No, mala idea migrar. Sergio debería saberlo. Le irrita que si quiera se lo plantee y le irrita más molestarse por eso. No es su culpa.
Diez para las cinco va a la pieza verde con una taza de manzanilla. Victoria ya esta lucida y tranquila – no todo lo tranquila que podría estar, solo lo suficiente. Cuando llega al kiosco compra el diario y Lucky Light (“si ya los voy a dejar”). Se queda mirando al violinista de la salida del metro. Lo reconoce y siente el impulso de hacerle un favor – según ella – a su hermana. Aunque se va a enojar si lo lleva sin permiso… Y qué tanto! Es que no se da cuenta?! – se le sale en voz alta. Sopesa las consecuencias de lo que esta a punto de hacer, si vale la pena o no, en los treinta segundos que tiene antes que el violinista se de cuenta de que lo miran fijo. Esta decidida. No quiere pensar en si la mueven las ansias de devolver la ayuda o algo mas egoísta. Ahora mismo, la verdad, tampoco le importa. Se encamina firme con la compra bajo el brazo y una moneda en la mano hacia la entrada del metro. “Ya me lo va a agradecer…”
Si la prudencia es un don, no es el de Victoria.
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